Queridos Hermanos:
¡El Señor os dé la Paz!

El largo pontificado de Karol Wojtyla ha llegado a su fin, precisamente en la octava de Pascua, de acuerdo al benévolo designio de la divina providencia.

Mientras la Liturgia proclama con fuerza a Jesucristo, y toda la Iglesia canta con alegría el mensaje liberador del «primer nuevo día», el Resucitado acogió en su Reino de luz infinita a Juan Pablo II: el incansable mensajero de la Buena Noticia; el apasionado servidor del hombre; el intrépido defensor de la libertad y de la dignidad de toda persona humana.

El Señor lo ha recibido en sus brazos para decirle ahora gracias, porqué según la vocación recibida, confirmó hasta el último instante, los hermanos y hermanas en la fe, con la palabra, con su vida evangélica y finalmente con la fuerza misteriosa del sufrimiento vivido, y transformado en un testimonio, que hizo de la Plaza San Pedro el «corazón de mundo». El silencio de Juan Pablo II, en sus últimos días de vida terrena, se hizo palabra elocuente, dando sentido y valor a las palabras pronunciadas, y no siempre escuchadas, en 27 años de un alto y profético magisterio.

Al gracias del Resucitado, rápidamente se unió el de la Iglesia, el de cada creyente, el de los hombres y mujeres de buena voluntad, el de las generaciones jóvenes a las que indicó siempre horizontes audaces. A este coro de gratitud, quiere unirse también nuestro gracias, como Hermanos Menores: por el particular vínculo que existe desde siempre entre nuestra Orden y el «Señor Papa»; sobre todo por el paterno y solícito cuidado con que Juan Pablo II ha seguido nuestra Fraternidad desde 1978 hasta hoy, ofreciéndonos siempre signos concretos de afecto, cercanía y aprecio.

Tendremos oportunidad de volver a su magisterio también en relación al carisma franciscano y clareano, especialmente en ocasión de los Capítulos generales. Nuestro filial reconocimiento se lo expresamos, en el momento en que «la hermana muerte» lo condujo a la Casa del Padre, recordando algunas «tareas» que ha querido confiarnos como Hermanos Menores, casi a manera de testamento espiritual: observar el Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según la forma que San Francisco hizo propia; servir y amar a los hombres siguiendo el ejemplo del Pobrecillo; anunciar el Evangelio es la vocación, la misión y la razón de ser de los Frailes Menores; saber responder a la necesidad de esperanza de los hombres de nuestro tiempo con el aporte original que emana de la experiencia característica de San Francisco; mirar a San Francisco como «forma Minorum, virtutis speculum, recti via, regula morum»; ir al corazón de las masas, como «hermanos del pueblo»; poner el Evangelio en el corazón de la cultura y de la historia contemporánea siguiendo el ejemplo de San Francisco y de la gran tradición cultural de la Orden; responder con nuestra «espiritualidad viva» a las exigencias de autenticidad y esencialidad, viviendo y dando testimonio de los valores y del carisma franciscano.

Como conmovedora despedida de este extraordinario Pontífice y para nutrir nuestra agradecida invocación al Señor, Padre de las Misericordias, nos hacemos eco de algunas de sus palabras, tomadas del Mensaje Navideño de 1986: «Oh, como son bellos los pies del mensajero que trae la alegre noticia, cuyo nombre es Francisco, el Pobrecillo de Asís, de Greccio y del Alverna, Francisco amante de todas las criaturas; Francisco conquistado por amor del Divino Niño, nacido en la noche de Belén. En el corazón de Francisco, Cristo comenzó a reinar, para que también por medio de la pobreza del discípulo, nosotros comprendiéramos mejor la pobreza del Maestro y fuéramos inducidos a pensamientos de amor y de paz».

¡Alabado seas mi Señor por nuestro Papa Juan Pablo II, porque «de Ti, Altísimo, lleva significación»!

Roma, 2 de abril 2005

FR. JOSÉ RODRÍGUEZ CARBALLO, OFM
MINISTRO GENERAL